miércoles, 12 de agosto de 2009

Un rasgo central que diferencia al siglo XX del anterior es el desfase entre los avances de la técnica y los desarrollos de la reflexión ética. La evolución de la tecnología es hoy mucho más rápida que las obras y las novedades generadas por el arte, la moral y la política.
Se ha invertido la ecuación del siglo XIX. Dentro de este marco, el cuerpo, expectativa de evolución para numerosos intelectuales prominentes del pasado, aparece como un objeto central, devaluado por la trivialidad de sus pretensiones y patético por la encarnación de profundos confilctos.
Las innovaciones tecnológicas suelen ser presentadas en sociedad a la manera en que los antiguos vendedores de electrodomésticos lo hacían en sus visitas a domicilio: como bienes, progresistas y facilitadores de comodidas personal. Es entendible: en la época moderna la clave ideológica de comprensión de la existencia y uso de las tecnologías es descifrada por medio de palabras tales como "progreso" y "confort", una de ellas slogan de la filosofía de la historia que se consolidó y volvió dominante en el siglo XIX; y la otra, retórica circulante fruto de la experiencia del bienestar individual en esos estuches llamados "hogares" burgueses.
El viaje a la Luna y la amenaza de guerra atómica total fueron los frutos acerados de la guerra fría, del gigantismo social y de la unicidad del proyecto político-colectivo humano, pero el actual "viaje" estético-tecnológico resulta un "sueño" tan individual como sintomáticamente banal, aunque el malestar que pretende apaciguar nada tenga de superficial. Pues bien, en apariencia, la meditación ética sobre la cuestión sólo tendría que acoplar sus presupuestos y argumentos a estos beneficios disponibles para toda la humanidad.