miércoles, 14 de octubre de 2009

El gran desfase

Hasta comienzos de la época moderno la palabra "progreso" no tenía el mismo sentido que le concedemos hoy en día. La experiencia del tiempo no estaba asociada a un fruto completamente abierto ni era ponderada a través de las innovaciones que la ciencia y la técnica implementarían más adelante en la vida social y económica de Occidente. Tampoco la palabra "confort" estaba asociada a los alivios tecnológicos o mercantiles que permiten hacer frente al "tedio vital", a las incomodidades domésticas o al malestar urbano provocado por las inclemencias económicas y urbanas que se descargan sobre cada trabajador.
La esencia de la confortación no residía en nada técnico: no podía ser sustituida por comodidades, entretenimientos, juguetes industriales o saberes científicos.
Un rasgo central que diferencia al siglo XX del anterior es el desfase entre los avances de la técnica y los desarrollos de la reflexión ética. La evolución de la tecnología es hoy mucho más rápida que las obras y las novedades generadas por el arte, la moral y la política. Se ha invertido la ecuación del siglo XIX.
En el siglo XX los saberes científicos y las innovaciones tecnológicas avanzaron a un paso mucho más acelerado, y la política, la ética e incluso el arte apenas pudieron seguir sus huellas. Demasiadas veces la desorientación fue su lazarillo. Y esto supone un drama para las relaciones entre técnica y moral. La ideología del progreso (aun cuestionada como lo ha sido luego de Hiroshima y de Chernobyl), y la experiencia del confort doméstico y urbano siguen siendo los ideogramas con que tamizamos nuestra comprensión de la tecnología, tanto en el espacio hogareño como en el laboral, tanto en lo que se refiere a nuestras adquisiciones en las actuales tiendas de ultramarinos como a los alimentos genéticamente modificados que tomamos de las góndolas del supermercado.

Variante de ajuste

Los transplantes de órganos eran, hasta hace un tiempo, complicados en ejecución, escasos en número, y demasiadas veces fatales en sus resultados. Suponían una hazaña y una tarea de pioneros a la vez. Quienes ofrecían sus cuerpos a la ciencia ingresaban al quirófano esperanzados pero inevitablemente conscientes de que su destino no era desemejante al de las ratas de laboratorio y al de los prototipos industriales. Fue a comienzos de los años ochenta cuando nuevas generaciones de inmunodepresores permitieron alcanzar un grado mucho mayor de aceptación corporal del nuevo órgano injertado, o bien un nivel mínimo de rechazo del mismo. Se había superado el problema de la "amortiguación". Desde entonces, crece la cantidad de intervenciones quirúrgicas, aumenta el prestigio de los cirujanos que se especializan en este tipo de operaciones, se abre el abanico de injertos a todo tipo de órganos, la investigación científica sobre el tema humea a toda velocidad.
Dada la posibilidad técnica de resolver un asunto de vida o muerte, la ética se vuelve una variante de ajuste. Una variante de ajuste económica. Estas prácticas de las que poco se sabe aún pero a las que se sospechan extendidas quizás sean la causa de la creciente circulación de leyendas sobre el robo de órganos a personas, particularmente niños, del tercer mundo. No es un detalle menor que las personas en lsitas de espera de donantes, o bien sus familiares y "personas queridas", probablemente esperen y deseen la noticia de la muerte de otro ser humano. Es entendible e inevitable que esos sentimientos afloren. Como se dice en estos casos: es humano. También lo es errar.