Los transplantes de órganos eran, hasta hace un tiempo, complicados en ejecución, escasos en número, y demasiadas veces fatales en sus resultados. Suponían una hazaña y una tarea de pioneros a la vez. Quienes ofrecían sus cuerpos a la ciencia ingresaban al quirófano esperanzados pero inevitablemente conscientes de que su destino no era desemejante al de las ratas de laboratorio y al de los prototipos industriales. Fue a comienzos de los años ochenta cuando nuevas generaciones de inmunodepresores permitieron alcanzar un grado mucho mayor de aceptación corporal del nuevo órgano injertado, o bien un nivel mínimo de rechazo del mismo. Se había superado el problema de la "amortiguación". Desde entonces, crece la cantidad de intervenciones quirúrgicas, aumenta el prestigio de los cirujanos que se especializan en este tipo de operaciones, se abre el abanico de injertos a todo tipo de órganos, la investigación científica sobre el tema humea a toda velocidad.
Dada la posibilidad técnica de resolver un asunto de vida o muerte, la ética se vuelve una variante de ajuste. Una variante de ajuste económica. Estas prácticas de las que poco se sabe aún pero a las que se sospechan extendidas quizás sean la causa de la creciente circulación de leyendas sobre el robo de órganos a personas, particularmente niños, del tercer mundo. No es un detalle menor que las personas en lsitas de espera de donantes, o bien sus familiares y "personas queridas", probablemente esperen y deseen la noticia de la muerte de otro ser humano. Es entendible e inevitable que esos sentimientos afloren. Como se dice en estos casos: es humano. También lo es errar.
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