Hasta comienzos de la época moderno la palabra "progreso" no tenía el mismo sentido que le concedemos hoy en día. La experiencia del tiempo no estaba asociada a un fruto completamente abierto ni era ponderada a través de las innovaciones que la ciencia y la técnica implementarían más adelante en la vida social y económica de Occidente. Tampoco la palabra "confort" estaba asociada a los alivios tecnológicos o mercantiles que permiten hacer frente al "tedio vital", a las incomodidades domésticas o al malestar urbano provocado por las inclemencias económicas y urbanas que se descargan sobre cada trabajador.
La esencia de la confortación no residía en nada técnico: no podía ser sustituida por comodidades, entretenimientos, juguetes industriales o saberes científicos.
Un rasgo central que diferencia al siglo XX del anterior es el desfase entre los avances de la técnica y los desarrollos de la reflexión ética. La evolución de la tecnología es hoy mucho más rápida que las obras y las novedades generadas por el arte, la moral y la política. Se ha invertido la ecuación del siglo XIX.
En el siglo XX los saberes científicos y las innovaciones tecnológicas avanzaron a un paso mucho más acelerado, y la política, la ética e incluso el arte apenas pudieron seguir sus huellas. Demasiadas veces la desorientación fue su lazarillo. Y esto supone un drama para las relaciones entre técnica y moral. La ideología del progreso (aun cuestionada como lo ha sido luego de Hiroshima y de Chernobyl), y la experiencia del confort doméstico y urbano siguen siendo los ideogramas con que tamizamos nuestra comprensión de la tecnología, tanto en el espacio hogareño como en el laboral, tanto en lo que se refiere a nuestras adquisiciones en las actuales tiendas de ultramarinos como a los alimentos genéticamente modificados que tomamos de las góndolas del supermercado.
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